Nacimos en un mundo en pleno auge industrial, en el que la plusvalía global -al menos en Occidente- crecía al ritmo del aumento de la producción, del progreso científico y tecnológico, de la nueva disponibilidad de la distribución logística. En ese mundo, había que apoyar el mercado interior de todas las maneras posibles, porque la producción creciente necesitaba compradores, y la clase obrera, que era fundamental para garantizar ese crecimiento, tenía un extraordinario poder de negociación. Era un mundo de ciudadanos, perseguidos por dos gigantescas potencias supranacionales (Estados Unidos y la Unión Soviética), que decidían sobre los pueblos extranjeros sin darles opción ni voto, que hacían y deshacían gobiernos, que torturaban y mataban a las almas críticas, que sacaban los tanques a la calle y te enviaban a un gulag o a un campo de reeducación en Guantánamo.
Luego llegó 1973, y ese mundo se acabó, tanto en el Este como en el Oeste. Gerald Ford sustituyó primero a Spiro Agnew y luego a Richard Nixon, que se vio envuelto en el escándalo Watergate. En muchos países más débiles se produjeron violentos cambios de régimen (Chile, DDR, etc.). En Italia, Alemania y otros países europeos comenzaron los Años de Plomo, así como los años del Gladio. La representación sindical, por diversas razones, entró en crisis. De esta crisis nació un nuevo mundo, el de las finanzas, que crea dinero a partir del dinero, independientemente de la producción. Se le dijo a la gente que era coja para ser consciente, y se convirtió a los ciudadanos en consumidores. A la gente se le dijo que estaba coja para estudiar, informarse y salir a la calle, y la gente empezó a esconderse en sus casas y tras las llamadas telefónicas a Arturo Valls, y Antonio García Ferreras desapareció de la televisión, sustituido por gente como Pedro José Ramírez.
Luego llegó 2008, el gran colapso bancario mundial, y este nuevo mundo también terminó. Los consumidores se han convertido en precarios, desplazados, migrantes, mendigos, trabajadores forzados, desempleados crónicos, truncados y analfabetos. El valor del voto electoral ha sido anulado. La religión se ha convertido en fundamentalismo, tanto entre los cristianos como entre los musulmanes y los judíos. La gente siguió creyendo en el dinero, justo cuando el mensaje real era: no más producción, la tierra no puede soportarlo más. Se acabó la especulación financiera, los colapsos periódicos dejan tras de sí un rastro de víctimas sin defensa.
Este es el mundo en el que vivimos hoy. Ya no cuentan ni las industrias, ni los bancos, ni los partidos, ni los sindicatos. Sólo cuentan los tanques. Y no hay ningún lugar seguro donde esconderse. Este sitio web existe para explicar este mundo: en su inmensa complejidad y su aterradora simplicidad.

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