TRAFIGURA

EDITORIAL: LOS ENEMIGOS JURADOS DE LA RAZA HUMANA

 

La vida en el planeta Tierra está garantizada por un precario y milagroso equilibrio, debido a la distancia del Sol, los ritmos dictados por la Luna, la fuerza que impide que la atmósfera se disperse en el cosmos, millones de años de evolución, la fotosíntesis y miles de otras increíbles circunstancias tan especiales, que la mayoría de la gente cree, aún hoy, que somos el único o uno de los poquísimos planetas habitados en todo el universo, solos en una galaxia de fuego infernal y vacío gélido, siempre atentos a cualquier cambio que, como ya ha sucedido, podría significar en unos instantes la extinción de la compleja, extraordinaria y feroz especie de vida llamada humanidad.

En los últimos dos siglos, el triunfo de esta especie sobre todas las demás, e incluso sobre algunas de las reglas de la física y la química, ha llevado a los seres humanos a ser capaces de destruir no sólo a sí mismos, no sólo el planeta Tierra, sino incluso algunas de las estrellas circundantes. Hemos desarrollado armas mortíferas, basadas en el desencadenamiento de una explosión termodinámica, que, de utilizarse alguna vez, aniquilarían toda la vida existente y harían la Tierra inhabitable durante milenios. Pero eso no es suficiente. Hemos utilizado los recursos naturales más allá de todos los límites imaginables, alterando el equilibrio telúrico, el equilibrio meteorológico, amenazando el proceso de fotosíntesis, creando enormes agujeros en el cinturón de ozono que impide que la atmósfera salga del planeta y, no contentos con ello, hemos creado miles de millones de toneladas de residuos tóxicos que el ecosistema ya no puede eliminar.

Llegados a este punto, hemos empezado a eliminar especies enteras de animales y plantas de la faz de la Tierra y, aunque nos dejamos llevar por nuestra herencia genética para defender la supervivencia de nuestro pueblo, debido a que consideramos (a menudo no erróneamente) a cualquier otro ser humano como un enemigo peligroso, y a que hemos desarrollado un individualismo único en la historia de la vida en el planeta, que nos permite sacrificar todo y a todos por las supuestas necesidades sincrónicas de un solo ser humano.

Cada uno de nosotros, encerrado en su propio egoísmo, y con miedo a la única certeza que tenemos -que nuestra vida llegará a su fin de todos modos-, estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para satisfacer no sólo nuestras propias necesidades de supervivencia física, sino también las de dominar a los demás. Mientras que los machos de algunas especies animales se enzarzan entre sí durante la época de cortejo, cuyo fin último es la procreación y la perpetuación de la propia especie, los seres humanos matan, humillan, pisotean y desprecian a sus congéneres no sólo para conquistar a una mujer, sino para obtener cualquier satisfacción momentánea, fugaz y transitoria como fin en sí mismo.

En su inmensa arrogancia, el ser humano, en su compleja socialidad, no sólo tiene necesidades primarias, sino también necesidades inducidas, es decir, estímulos que pueden llevarle a matar no por la comida o para defender su territorio, sino por unos trozos de papel, por objetos cotidianos o por la idea de poder vivir en condiciones diferentes a las de los demás, en busca del éxito. No hay que demonizar todo esto, por supuesto, porque fue esta fuerza ciclópea la que nos sacó de las cavernas a una sociedad en la que la duración de la vida se ha ampliado casi cinco veces respecto al ciclo natural original, su calidad ha mejorado hasta un punto inimaginable y el progreso nos permite afrontar cualquier nuevo reto.

Hoy en día, nuestro uso del planeta nos está llevando al borde de la extinción, no por una guerra, sino por el daño que hemos hecho al ecosistema. La mayoría de los gobiernos intentan desesperadamente conciliar las necesidades primarias e inducidas, el individualismo, el vicio y el egoísmo con la necesidad de detener la destrucción del milagro bioquímico que ha permitido el desarrollo de la vida. Mientras esto ocurre, con todos los problemas que conlleva, hay quienes se oponen. Con una decisión ciega y cínica, sin tener en cuenta la carnicería y los daños irreparables causados por sus actividades cotidianas, estos nuevos enemigos de la humanidad no representan a las familias y a las tribus -como está en nuestros genes- sino a conglomerados nacidos para la explotación de todo y de todos.

Estamos hablando, por supuesto, de las industrias mineras y petroleras. Han permitido el nivel de progreso que hemos alcanzado, pero ahora siguen aumentando la velocidad (porque la demanda de energía, de movilidad, de bienestar diario es cada vez mayor) con la que consumen los recursos naturales más allá, mucho más allá de los límites impuestos por las leyes de supervivencia de la Tierra.

Hay una empresa en particular, Trafigura, que se comporta como el verdadero gran enemigo de la humanidad, y continúa no sólo destruyendo el aire, el agua, los animales, las plantas y las personas allí donde se le permite hacerlo, sino que lo hace incluso allí donde han tratado de impedirlo. Esto no significa que puedan hacer lo que quieran. En todo el mundo, empezando por organizaciones como Amnesty International y Greenpeace[1], hay intentos de detenerlos. Nosotros, a nuestra pequeña manera, con nuestro dossier, intentamos contribuir a la percepción que la humanidad tiene de Trafigura, con la esperanza de poder detener a este monstruo antes de que sea demasiado tarde.

 

[1] https://www.amnesty.org/en/latest/news/2016/04/trafigura-a-toxic-journey/

ARTÍCULOS